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NUESTRA VIDA 

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Aquí puedes conocer nuestra vida, consagrada a Dios en el servicio a los más pobres; nuestras casas, lugares de acogida y esperanza, comunidades que comparten techo, mesa y vida con mujeres en situación de exclusión.

NUESTRA ESPIRITUALIDAD

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¿Crees que el Evangelio se hace vida entre los pobres?

Aquí compartimos lo que es para nosotras un regalo; la Buena Noticia que brota de lo pequeño, la vida que emerge entre los crucificados, la alegría de vivir confiadas en Dios.

Como Jesús Buen Pastor y Buen Samaritano, nos sentimos enviadas a ser cauce de amor, misericordia y liberación.

NUESTRA MISIÓN

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Ell@s nos interpelan. Su vida rota y vulnerada en todos sus derechos, su capacidad de lucha, de superación....

A nuestro alrededor miles de mujeres, hombres y niñas viven excluídos, muchas, sometidas a situaciones de prostitución y víctimas de trata. ¿Nos podemos quedar indiferentes? Aquí puedes encontrar nuestra respuesta, nuestras presencias y proyectos.

DONDE LA ORACIÓN SE HACE MISERICORDIA

villateresita 2Tenía el corazón encendido y atentos los oídos, mientras servía a los niños tuberculosos del hospital, ¿De quién eran aquellos gritos? -se preguntaba Isabel-. Aquel clamor se clavaba en su corazón -“¿Quiénes son?”- preguntó -“son unas mujeres malas”- fue la respuesta. Entonces descubrió que había un pabellón aparte cerrado bajo llave, aislado y sin relación con el exterior, en él estaban las mujeres enfermas de sífilis, prostitutas, muchas esperando la muerte porque no tenían curación, aún no existía la penicilina. Enseguida pensó en sus adentros –“Quiero visitarlas”– y después de muchas negativas, por su insistencia, consiguió que le abrieran la puerta. Al cruzar el umbral se encontró con una realidad desoladora, (enfermedad, soledad, desilusión, abandono, desamor en definitiva). Isabel se acercó, las miró con cariño y les dijo “me gustaría ser una amiga vuestra”. Aquellas mujeres la recibieron sorprendidas, su presencia irradiaba algo nuevo, tenía entrañas de misericordia y llevaba entre sus manos la frescura del Evangelio.


Así inició su relación con las primeras “chicas”, una relación de amistad, de cercanía, de encuentro, que fue transformando su vida. Traspasó el umbral de la puerta y con él el umbral de sus seguridades, de sus proyectos para imbuirse en el Plan de Dios. De este modo se inició un camino de búsqueda, de descenso. En 1942, en Pamplona, criticada e incomprendida por su entorno social pero fuertemente sostenida por el Espíritu, comienza Isabel Garbayo su andadura, y abre la primera “Villa Teresita”, el primer hogar, un lugar de esperanza para los últimos y pequeños, una comunidad de mujeres consagradas a Dios y a los más pobres.

Es temprano y la comunidad se levanta para dar gracias y adorar a Su Señor, El Amado nos espera. Solo Él sostiene nuestra vida. Invocamos al Espíritu y esperamos que Su Fuerza nos renueve el corazón y nos envíe, de nuevo, hoy a las calles para ser testimonio y anuncio de su Amor con nuestras pequeñas vidas (Lc 4,18-19). En silencio escuchamos Su Palabra, dejamos que nos empape Su Evangelio y unidas a toda la Iglesia, rezamos la oración de Laudes.

 

La Eucaristía es el centro de nuestra jornada. Su muerte y Resurrección actualiza el triunfo de la Vida de tantos sufrientes y pobres de nuestro mundo. Alimentadas por Su Amor y comulgando con Él, también nosotras nos convertimos en alimento y vida para otros. Unidas a Jesús podemos iniciar nuestras tareas en Su nombre. ¡Gracias Señor! (como habitualmente cantan las chicas de Nigeria con las que compartimos la vida) !Gracias por contar con nosotras! Después de desayunar en comunidad, salimos enviadas a la misión, cada día es nuevo, único, distinto. Queremos ser Su Presencia, Su Ternura, Su Abrazo, Su Amor Misericordioso allí donde están los no amados, los que quedan fuera perdidos en los callejones de la exclusión, en los infiernos de la prostitución y la trata de personas, la droga, la cárcel, el CIE…..

articulo2Su Amor nos invita a descender sabiéndonos hermanas, nos lleva a salir como Jesús Buen Pastor y Buen Samaritano y adentrarnos por los caminos donde yacen las mujeres que quedaron tiradas en la cuneta de la historia: salir a la calle al encuentro de Teresa, que no sabe cómo organizar su vida tras salir de prisión; acompañar a unos ancianos al hospital; apoyar en el cuidado de los niños para que sus mamás aprendan castellano y se abran caminos de futuro; ayudar a arreglar una documentación a una mujer inmigrante, Sandra, que afirma con fuerza mientras esperamos en la cola: “Sólo Él nos salva de la desesperación”; confortar en su dolor a Carmen, que tiene que salir de su casa cada día para buscarse la vida y dejar a su madre anciana y enferma sola; saludar en el parque a María, que está en la prostitución, cansada y angustiada: “!hay que aguantar tanto en esta vida!”; acoger a Joe que acaba de llegar a la casa, sin nada, con el deseo de salir de su postración; preparar la comida en la casa, donde la familia se ensancha y la mesa sabe a Reino. Cada día nos sentamos como familia, mujeres y niños de distintos países; Brasil, Colombia, Rumanía, Nigeria, Marruecos… todas con heridas profundas, pero con deseos de levantarse de nuevo. La comida en casa es una parábola del Reino donde se comparte como hermanas de distintas naciones, razas, religiones y juntas elevamos una oración agradecida por el pan que se nos regala y pedimos para que a todos llegue el pan nuestro.

Nuestra vocación es el amor. Vivimos en comunidad y nos sentimos convocadas por Él. Siempre en misión comunitaria. Sólo así es posible. Intentamos vivir en disponibilidad y acogida permanente, creando familia entre quienes no la tienen. La comunidad es un pequeño hogar, una fraternidad en la que compartimos vida, casa y amistad con mujeres en situación de exclusión y sus hijos, cada mujer es recibida como un tesoro, así nos lo transmitía nuestra fundadora “que las chicas se sientan acogidas con gozo y gratitud por las hermanas que las aman y que miran su entrada en la casa como si fuera un tesoro”.

Desde nuestra vida sencilla y pequeña, nos sentimos alegres y confiadas; sostenidas por un Amor Misericordioso que lo abraza todo; cuidadas por Su Providencia y llevadas de Su Mano como niñas pequeñas por el caminito que nos enseña Santa Teresita del Niño Jesús.

Nos gusta hacer fiesta y celebrar los signos de esperanza que brotan a nuestro alrededor: una mirada que se ilumina después de mucho tiempo de oscuridad; empadronarse siendo inmigrante irregular “!ya existo!”, y lograr “los papeles”; conseguir unas gafas para aprender a leer después de mucho tiempo; poder sonreír sin vergüenza porque ya se tiene dentadura; ser capaz de salir a la calle sin miedo; conseguir unas horas de trabajo; dejarse abrazar por primera vez por un amor gratuito e incondicional; celebrar un cumpleaños -“ha sido el mejor de mi vida”, nos dicen tantas veces-; una vida que empieza a abrirse y confiar por primera vez, como la de Lara: “sé que Dios me quiere, empiezo a creerlo, por primera vez tengo familia, por primera vez empiezan a pasarle a mi vida cosas buenas...”

De nuevo, una llamada nos invita a ser liberación, esperanza, resurrección, sanación. Es una llamada de dos chicas que quieren escapar de una red de trata de personas. Son nigerianas, después de cruzar África durante meses y atravesar el estrecho “en patera”, se vieron atrapadas y obligadas a prostituirse. Blessing y Gladis, no hablan castellano, tienen miedo, están amenazadas y deben a la mafia que las trajo 50.000 euros. Las acogemos en la casa y poco a poco se van serenando… entre lágrimas nos dicen en inglés: “Dios no nos abandona”, “todos los días rezábamos para poder salir de este infierno y Él nos ha escuchado…. Hoy nos ha traído hasta aquí”.

Ayudar a ponerse de pie, pasar como Jesús “haciendo el bien” y curando a los oprimidos sanando, expulsando demonios, anunciando la Buena Noticia. ¡Somos testigos de tantos procesos de Resurrección! Cada una es como un pequeño “milagro”, curaciones que acontecen ante nuestros ojos y en las que nos sabemos mediación de Alguien mayor.

Durante todo el día hemos estado en contacto directo con el cuerpo de Jesús, “tuve hambre y me diste de comer...” (Mt 25, 31-46) en fragilidad y pequeñez el Reino avanza: ciegos que ven, cojos que andan, enfermos que son visitados, hambrientos que comen, ¡pobres que experimentan la Buena Noticia! Joy, Toni, Blessing, Mary, Carlos, Cintia,… Y a la vez ¡cuánto aprendemos de ellas y ellos! Cómo nos desinstalan, nos sostienen, nos levantan, nos evangelizan. Junto a Jesús exclamamos llenas de alegría: “Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla” (Mt 11,25).

Al final de la tarde ¡cuánto hemos vivido! ¡cuánto recibido de los preferidos de Dios! Llegar a la comunidad, a la casa habitada, llena de vida, la alegría de los niños, el juego y el beso de buenas noches. Y las hermanas de nuevo reunidas en silencio, ante Él, en comunidad orante. Como nos repetía nuestra fundadora: “Nuestra vida es para Él”. A lo largo de la jornada cada una ha buscado un rato largo de oración y soledad, y al terminar el día, de nuevo juntas, nos ponemos en Sus Manos para dar gracias por el día compartido y el amor entregado, entonces la comunidad entona el canto de Vísperas con el corazón rebosante de agradecimiento y lleno de nombres.

María, nuestra madre, madre de los pobres y excluidos, nos ha ido acompañando en todo momento. A ella recurrimos en las dificultades, cuando no vemos salidas, cuando parecen cerrarse los caminos. Con ella cantamos llenas de esperanza y alegría nuestro Magníficat, y pronunciamos nuestro ¡Hágase! con la confianza de dar paso a Dios a través de nuestras pequeñas vidas. Después de un rato de compartir y descansar el día en comunidad, nos vamos a dormir. Es de noche, pero el corazón está encendido. El Amado habita nuestra casa.