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Con sabor a Evangelio

saboraevangelioNuestra vida tiene sabor a Evangelio (“lo que existía en el principio, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplaron y palparon nuestras manos acerca de la Palabra de Vida” 1Jn 1,1). Contemplamos y palpamos el Evangelio en la vida. Somos testimos. Hemos visto viudas que entregaban su óbolo, todo lo que tenían para pasar el mes sólo por compartir, por echar una mano, porque “somos familia”. Mujeres que llevaban años postradas y encorvadas, que pedían a las puertas de las iglesias o de El Corte Inglés y que se han puesto de pie (caminar con ellas por las calles era estar dispuesta a ser parada continuamente y escuchar con alegría de labios de otros “no eras tú la que pedía en la puerta...” y reconocer el milagro). Gerasenos que gritaban y se autolesionaban, que habitaban en los cementerios, en los lugares de muerte, enganchados a la droga y que ahora caminan por las calles vestidos y con palabra, disfrutando de la vida y del brazo de su novia. Madres de toxicómanos solas al pie de la cruz, de la cama de sus hijos rotos, cuando ellas mismas no se sostenían por el dolor y cansancio de la vida. Detrás de cada uno hay nombres, rostros: Japo, Mª Carmen, Carlos (Jose Antonio), Toñi, Joy, Fran, Pesi.... Samaritanos y samaritanas que practican la misericordia anónima, con los vecinos de su portal o su calle allí donde los sacerdotes y levitas pasan de largo. Inmigrante sin papeles que son acogidos, desnudos que son vestidos, presos que son visitados, enfermos y ancianos que son cuidados. (Mt 25)

Nos sentimos enviadas a anunciar la Buena Noticia, la liberación (Lc 4, 18 y ss) y ellas y ellos nos humanizan y evangelizan ¡Cuánto nos enseñan!