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Desde ellas

desdeellasPorque la encarnación nos lleva a vivir desde abajo. Desde ahí todo cambia. Por eso es necesario que nos revisemos y preguntemos continuamente ¿Dónde estamos? ¿Desde dónde actuamos, rezamos, pensamos, amamos...?, ¿Dónde se situó Jesús?, ¿Dónde nació y murió?, ¿Con qué gente se relacionaba?, ¿Con quién compartía la mesa?, ¿A quién llamó Benditos y Bienaventurados?

Nuestra vida es una andadura liberadora junto a ellas y ellos, en su medio, en los lugares donde se mueven.

Igual que Jesús recorría los caminos, las ciudades, y los pueblos aliviando sufrimiento, expulsando demonios, dando vida entre hambrientos, leprosos y prostitutas, así también nosotras recorremos las calles, los “guettos”, las cárceles, los hospitales, los clubs... ;Creando lazos de fraternidad; haciendo brotar la vida y la esperanza; ayudando a salir de las situaciones de esclavitud: prostitución, droga, prisión,... ; Acompañando en los procesos de búsqueda: vivienda, trabajo, cultura,..... Luchando contra estructuras que están generando injusticia y compartiendo como una gran familia los momentos de dolor y de fiesta.

Junto con las mujeres excluidas hemos ido aprendiendo, cambiando, buscando alternativas, abiertas siempre a los nuevos retos…. Las casas han ido evolucionando a su ritmo: en los años 50: con las mujeres que emigraban del campo a la ciudad agrandando las bolsas de pobreza en los 60: el estigma y la soledad de las madres solas, abocadas muchas a sobrevivir ( nuestras casas se llenaron de niños); en  los 80:  el “boom” de las toxicómanas y la pandemia del Sida ( nos especializamos en programas de drogodendencia) ; a finales de los 90 : la llegada progresiva de mujeres inmigrantes, y el drama del trafico de seres humanos con fines de explotación. ( en concreto empezamos en el 98 en Valencia con un proyecto de calle de atención a mujeres víctimas de trata, nigerianas)

Algunas experiencias vividas en relación al mundo de la exclusión

Las personas con las que nos relacionamos están en el peldaño último de nuestra sociedad: viven en la calle, con todo lo que eso conlleva, no suelen tener apoyos familiares y sobreviven sin esperanza y sin futuro.

Lo primero y más importante es acercarnos como lo que son: hombres y mujeres, criaturas de Dios. Parece obvio pero no lo es, están acostumbradas a ser tratadas como basura, a ser miradas con desprecio. Entablar con ellas relaciones de tú a tú, provoca un dinamismo que hace brotar lo mejor de las dos partes.

No deja de sorprendernos la riqueza que se esconde detrás de cada persona. Es necesario que nos dejemos interpelar, evangelizar y sepamos aprender de todo lo que Dios nos va  manifestando.

 “El encuentro con Esther cambió mi mirada. Tenía mis años y estaba cansada de vivir. Había tenido que “buscarse la vida” desde pequeña, primero  aprendiendo todo tipo de artimañas para esconder la droga y avisar a su madre que traficaba en la esquina, cada vez que aparecían por el barrio “los maderos” o “la secreta”.

Creció en la calle y “mamó” la injusticia, no podía vivir como cualquier niña de su edad. Aprendió a sobrevivir demasiado pronto No tardó en llegar su primera experiencia con la droga , la primera noche en comisaria. y el eslabón último en el descenso hacia la muerte: la cárcel. Allí afianzó y consolidó sus conocimientos delictivos,  y se montó definitivamente en el “caballo”. ¿Qué decir del trato deshumanizado, del tráfico interno, de las horas en el patio interminables...? ¿Rehabilitación?,¿ reinserción.? ¡Palabras!.

Al salir volvió al “chino”. Allí estaban sus raíces y su gente. Se encontraba en un ambiente conocido en el que era alguien. Existía. Tuvo que prostituirse para mantener su consumo y poco apoco fue perdiendo casi todo. Se convirtió en un objeto de usar y tirar, en parte de la basura del ambiente.

Cuando al cabo de año y medio nos volvimos a encontrar me impresiono su rostro y su deteriorado cuerpo. Estaba allí, apoyada en la pared, con pocas fuerzas para tenerse en pie, con los brazos y piernas repletos de accesos. Parecía más muerta que viva. Sólo destacaban sus preciosos ojos que aún esbozaban ternura.

Después nos tomamos un café en uno de los bares que ella frecuentaba. Apoyada en la barra me comentó que le quedaba poco tiempo de vida (“el bicho” como decía ella la  estaba matando ) y necesitaba sentirse acompañada.

Nos separamos. La vi por última vez en el hospital, estaba sola en una habitación,  sin familia,  sin visitas...

Fui a verla todos los días.. La lloré como a alguien de los míos.

Al entierro sólo acudimos dos chicas del barrio, un travesti y yo. Fue de beneficencia, en una fosa común.

El encuentro con Esther cambió mi mirada.. Su vida transformaba la mía.

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