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Compartir tanto recibido

“ No es por la manera en que un hombre habla de Dios, sino por la manera en que habla de las cosas terrenales, como mejor se puede discernir si su alma ha pasado por el fuego del amor de Dios. Ahí ningún disimulo es posible...”
(Simone Weil)

Compartir lo que se vive, lo recibido, sin más, porque no me pertenece, es el único motivo que me ha llevado a aceptar escribir estas líneas. Hoy me toca a mí, otro día puedes ser tú, cristiano y cristiana en camino, como yo, que has bebido de la reflexión teológica de otros y otras, y no tienes palabras para expresar cuánto les debes....

Tengo 33 años y me siento en la plenitud de la vida, agradecida, profundamente agradecida ¡he recibido tanto! Cuando releo mi vida tengo la sensación de haber vivido mucho, con intensidad, con pasión, quizá no sé vivir de otra forma. Me han amado mucho y he amado mucho. Me he gastado a veces hasta el riesgo de romperme y he experimentado, ¡cómo no!, mi impotencia, mi propia pequeñez, y pecado.

Vivo desde hace 16 años en la Comunidad Villa Teresita, junto a mujeres que han sufrido situaciones de pobreza y exclusión: prostitución, malos tratos, cárcel, droga,... Compartiendo, en comunidad, casa, pan, luchas y vida con ellas. Saliendo a los barrios de prostitución, parques, calles, cárcel, hospitales... para entretejer relaciones de amistad y liberación. Ése ha sido mi lugar, el que me ha ido configurando como creyente y mujer.

Inmaculada Soler Giménez

“Donde tú vivas, viviré yo” (Rt 1,16)

Algo así resonaba en mis adentros cuando conocí el barrio Chino de Valencia y en él la presencia de Villa Teresita. Me adentré descalzándome, de la mano de una hermana de comunidad, sabedora de pisar tierra sagrada, tierra de sufrimientos y cruz, tierra preñada también de resurrección. El barrio era un ghetto , un lugar que se rodea para no atravesar. Lugar de pobreza, de la que huele mal, en aquella época las calles desprendían un olor fuerte de miseria concentrada y también a impureza y pecado para cualquier “bien pensante”. Mujeres de todas las edades, de labios pintados y mirada triste, que vendían su cuerpo por muy poco dinero, con historias de sufrimiento y palos a sus espaldas, hijos que mantener y dignidad pisoteada. Personas sin hogar, en su mayoría hombres, desarraigados, sin horizontes, con el cartón de vino o la cerveza al lado. Transexuales que ejercían la prostitución de noche y se sentían arropadas en aquel entorno. Chicos y chicas toxicómanos, desaliñados, deambulando como cadáveres buscando una dosis para calmarse, enfermos de Sida en su mayoría (en diez años el SIDA mató a casi todos los que conocía, ninguno sobrepasaba los 35), chavales que entraban y salían de la cárcel como lo más normal, como único futuro, niñas que quedaban muy pronto embarazadas, niños que pasaban el día en la calle.... Recuerdo “mi primer beso” (al igual que el encuentro de Francisco de Asis) se llamaba Nicolás. Era un cadáver andante. Apenas llegamos a conocernos, porque murió a los pocos días. Besarle a él era besar a todos lo leprosos, a todos los despreciados.... “ante quienes se vuelve el rostro” (Is. 53 ). Su vida, y la de tantos otros iban quedando vinculadas a la mía. Entré en la comunidad de Villa Teresita. No quería estar de paso o ser voluntaria. Quería plantar allí mi vida y mi tienda. Me sentía empujada a ello.

El lugar nos configura (si nos dejamos)

La vida cotidiana junto a las chicas, trabajo, comida, ilusiones y desesperanzas, proyectos, luchas, domingos y sábados por la noche, el intento de hacerse familia de los que no la tienen, configura.

El desde dónde es importante. En este “humus”, he bebido y me he empapado de teología: clases, libros, conferencias, cursos..... ¡me sería difícil expresar cuánto debo a la reflexión teológica recibida de otros...! . He ido estudiando teología en itinerancia, como itinerante ha sido mi vida: Madrid, Valencia, Las Palmas de Gran Canaria, y de nuevo Madrid, destinos a los que he sido enviada por mi comunidad. He vivido siempre el estudio como un servicio y un privilegio; ¡cuántos hombres y mujeres, sobre todo mujeres, desearían estudiar teología y no pueden o no se les deja! He intentado no desligar el estudio de la vida, de lo que se cuece en la calle. El Trabajo Social me ha ayudado a ello.

Hágase en mi según tu reino

TestimonioComo dice la canción de Ain Karen, “Hágase en mí según tu sueño”, y fue precisamente eso, un sueño hecho realidad lo que me hizo decirle sí a Dios.

Alguien me dijo que la vocación es el sueño de amor de Dios para cada uno de nosotros ¡qué bonito, verdad? Pues para mí, ese sueño de Amor se llama Villa Teresita.

Soy enfermera y trabajaba con niños enfermos de cáncer, lo que me hacía tener la muerte continuamente delante de mí y a la vez preguntarme sobre la vida, sobre cómo quería vivir. Con esa pregunta en el fondo y con el deseo, como creyente, de encontrar el sueño de Dios, conocí Villa Teresita. Una pequeña comunidad que comparte la vida con mujeres a las que les ha tocado sufrir de todo en sus carnes, con mujeres de esas que dice el Evangelio que nos precederán en el Reino de los cielos.

Esa es nuestra vida; una puerta abierta a todas aquellas que necesitan acogida y calor, una mano tendida a las que en la calle siguen sufriendo la noche y una mesa compartida con todas. Y es ahí en lo pequeño y cotidiano de nuestra vida, donde emerge el Reino. Donde llegan tantas mujeres que aún vivas, parecen muertas por los embates de la vida y donde desde el cariño, la vida común y el aprendizaje mutuo se van levantando de sus cenizas y resurgiendo a una vida nueva. No os podéis imaginar a cuántas muertas he visto que Dios da nueva vida.

Ese es el Reino en que cabemos todos, en que no hay países, ni apellidos despectivos, sino una casa, una mesa, un Padre común. Es ahí, en esa vida compartida donde he descubierto el sueño de Dios, un sueño de vida y felicidad para todos, especialmente para quien menos tiene.

Lo único que os puedo decir es que a pesar del vértigo que da decir sí a Dios, lo que pasa es que te llenas de vida y que como María solo puedes aceptar y cantar agradecida.

Canción "Fíate":

“Seducida, arrastrada, llevada por su mano ”

Siempre fui una mujer inquieta, buscadora, reflexiva. Crecí en un entorno rural, en un pequeño pueblo del sur de Valencia. Allí siguen viviendo mis hermanos y mis padres, a los que tanto quiero y de los que tanto he aprendido. Una de mis primeras opciones como cristiana fue estudiar teología. Con apenas 16 años aquello supuso un conflicto abierto con mi entorno y conmigo misma. Empezaba a experimentar una fuerza mayor que yo (más tarde comprendí que Alguien se había empeñado en entablar una relación de amor conmigo, y utilizó todos lo medios posibles para conseguirme). Por aquel entonces el Evangelio se me volvió una “faca afilada”, un fuego que me quemaba por dentro, que me incomodaba y revolucionaba mi vida. Fueron mis primeros encuentros con el Evangelio como Palabra viva, con autoridad sobre mi vida. Apenas tenía acceso a librerías y devoraba los escasos libros religiosos que llegaban a mis manos, a través del cura de mi pueblo. Las figuras de algunos santos, sobre todo S. Francisco de Asís; las homilías; el grupo de confirmación; y las letras de algunas canciones cristianas... avivaban mis ideales. Pero fue sobre todo Jesús de Nazaret, la relación con El y el intento pequeño y progresivo de ir llevando a la práctica lo que su Palabra me decía, lo que fue complicando y transformando mi vida y mi futuro (y también las expectativas que tenían sobre mí los que me rodeaban).