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“Donde tú vivas, viviré yo” (Rt 1,16)

Algo así resonaba en mis adentros cuando conocí el barrio Chino de Valencia y en él la presencia de Villa Teresita. Me adentré descalzándome, de la mano de una hermana de comunidad, sabedora de pisar tierra sagrada, tierra de sufrimientos y cruz, tierra preñada también de resurrección. El barrio era un ghetto , un lugar que se rodea para no atravesar. Lugar de pobreza, de la que huele mal, en aquella época las calles desprendían un olor fuerte de miseria concentrada y también a impureza y pecado para cualquier “bien pensante”. Mujeres de todas las edades, de labios pintados y mirada triste, que vendían su cuerpo por muy poco dinero, con historias de sufrimiento y palos a sus espaldas, hijos que mantener y dignidad pisoteada. Personas sin hogar, en su mayoría hombres, desarraigados, sin horizontes, con el cartón de vino o la cerveza al lado. Transexuales que ejercían la prostitución de noche y se sentían arropadas en aquel entorno. Chicos y chicas toxicómanos, desaliñados, deambulando como cadáveres buscando una dosis para calmarse, enfermos de Sida en su mayoría (en diez años el SIDA mató a casi todos los que conocía, ninguno sobrepasaba los 35), chavales que entraban y salían de la cárcel como lo más normal, como único futuro, niñas que quedaban muy pronto embarazadas, niños que pasaban el día en la calle.... Recuerdo “mi primer beso” (al igual que el encuentro de Francisco de Asis) se llamaba Nicolás. Era un cadáver andante. Apenas llegamos a conocernos, porque murió a los pocos días. Besarle a él era besar a todos lo leprosos, a todos los despreciados.... “ante quienes se vuelve el rostro” (Is. 53 ). Su vida, y la de tantos otros iban quedando vinculadas a la mía. Entré en la comunidad de Villa Teresita. No quería estar de paso o ser voluntaria. Quería plantar allí mi vida y mi tienda. Me sentía empujada a ello.