• 003
  • 002
  • 001

“Seducida, arrastrada, llevada por su mano ”

Aquellos fueron años de compromiso en mi parroquia, de aprender a amar a la iglesia y sentirme parte de ella, de crecer en la fe en un entorno popular y tradicional, en el que cada vez experimentaba más la soledad y falta de respuesta a las cuestiones que me planteaba. La vida bullía por mis adentros. La conciencia militante y testimonial me llevaba a aprovechar cualquier oportunidad para expresar mi fe e inquietar a quien tenía enfrente. Manifestar mi deseo de estudiar teología en un instituto público de ambiente bastante anticlerical no sólo conllevó una cierta incomprensión, sino una posibilidad de provocación, debate y diálogo con compañeros y profesores. Mis deseos de cercanía al mundo de los pobres, a los que inevitablemente me llevaba el Evangelio, fue creando una progresiva sensibilidad hacia las situaciones de sufrimiento e injusticia y una afinidad connatural con los interrogantes que planteaba a la iglesia y al mundo la teología de la liberación. Ella, más por intuición que por saber, y la presencia de tantos cristianos y cristianas al lado de los pobres, que llegaban a mi a través de periódicos y televisión (tenía unos radares especiales para captar cualquier noticia, película, documental que me hablasen de Dios, de los pobres, los misioneros, los que entregan su vida ) suponían compañía y aliento.
Poco a poco, sin saberlo, Él me iba preparando y disponiendo para acoger Su Voluntad, su Plan. Rezar el Padre Nuestro me iba ensanchando por dentro, aumentado en mí la conciencia de fraternidad, de ser hermana de todos, especialmente de los empobrecidos y también la certeza de que mi vida como cristiana se jugaba en estar dispuesta o no a hacer su voluntad. Pensaba para mis adentros: “si intuyo lo que Dios quiere de mí y no estoy dispuesta a decirle que sí, tendré que dejar de rezar el Padre Nuestro....”

Una noche, en la cama, dando vueltas a mi futuro, al igual que hace un niño cuando piensa qué será de mayor, sentí que Él, casi sin pedir permiso, irrumpía en mi habitación y mi vida pidiéndolo todo. Después de pelear y llorar no pude hacer otra cosa que rendirme a Su Amor. Acababa de cumplir 17 años y para entender lo acontecido no tenía otras claves que los relatos vocacionales de los que estaba empapada: Abrahán, Moisés, Jeremías, los apóstoles, María de Nazaret.... Al día siguiente busqué a alguien que me pudiese acompañar, que me ayudase a discernir, pero no lo encontré. Pasaron meses hasta que conocí al delegado diocesano de vocaciones. Él confirmó y alentó mi inquietud vocacional y me habló por primera vez de la Comunidad “Villa Teresita”.