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Encarnación

Hablar desde un lugar, con el corazón lleno de nombres. Intentar no dejar a nadie fuera. Abajarme, descender para poder hacerme hermana de los últimos, los que quedan fuera, los no amados...que ellos y ellas me puedan percibir así. Dejarme acoger, abrazar, afectar por el otro, aprender y educar la mirada, la sensibilidad para no escandalizar a los pequeños. Salir a su encuentro fuera del campamento (Heb 13,12), caminar por terrenos no pisados, en la frontera, mezclarme en la calles, sentarme en una esquina a charlar en lugares donde sé que me “confunden” (sentir sobre mí, la mirada enjuiciadora y también devoradora de algunos hombres que se creen con derecho a comprarte y reducirte a objeto de placer, de consumo). Cuidar cualquier destello de vida que intenta emerger en medio del abatimiento y la oscuridad. No apagar el pábilo vacilante, ni quebrar la caña cascada. Acoger. Dejarme habitar. Compartir sus gustos, escuchar risas y llantos, historias, confidencias, pequeñas alegrías que llegan de otros lugares (hijos que crecen, que estudian, sueñan...) Acompañar. Aprender a esperar, respetar ritmos, tiempos, procesos distintos a los nuestros. Ayudar a ponerse de pie, reivindicar dignidades y derechos, denunciar, reconstruir. Confiar en que el Reino de Dios se gesta desde dentro y desde abajo y crece en lo escondido, en fragilidad y pobreza, en los pesebres de nuestras ciudades.