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“El Señor me ha dado hermanas ”

En esta familia he crecido. He aprendido a celebrar la vida, valorar lo pequeño, leer el paso de Dios en la historia y educar la mirada y el corazón. Escuchar juntas la Palabra de Dios, sentirnos convocadas por Él, compartir la oración cotidiana, el rezo de laudes y vísperas uniéndonos a toda la iglesia, la intercesión por tantos crucificados y también el agradecimiento por los signos de vida, bondad y resurrección que palpamos a nuestro alrededor. Celebrar cada día la eucaristía, la vida entregada del Señor Jesús y comiéndole hacernos comida para tantos hambrientos de este mundo. Aprender a vivirnos como hermanas y hermanos. Estar cerca y hacernos cercanas. Padecer la impotencia. Buscar juntas. Liberar. No ser impasible ni indiferente ante su propia autodestrucción, ante su camino hacia la muerte “estar ahí, como si fuese alguien de los míos”. Si esa chica que está en la esquina rota, prostituida, fuera mi hermana, si ese chico que pide por la calle fuera mi hermano, si me lo creyese y lo sintiera así de verdad ¿reaccionaría de la misma forma? Soportar la pregunta ¿dónde está tu hermano? (Gen 4,9)

Vivir la Pascua, atravesar los viernes los misterios dolorosos en la cárcel de Alcalá- Meco o Soto del Real, en la calle Montera o Ballesta, en la Casa de Campo... Trafico y mercado humano, sueños rotos: mujeres de países del Este vendidas, atrapadas por las mafias, a las que no nos podemos acercar porque están vigiladas; mujeres africanas que no tienen papeles, ni hablan nuestra lengua, con deudas enormes que pagar a las traficantes que las trajeron, mujeres sudamericanas que mantienen a sus familias pobres en su país de origen (casa, colegio, medicamentos y operaciones, hijos, parientes..). Y la Vida brotando en medio y a través del dolor. Pasar el viernes, el sábado, soportar el silencio y esperar en comunidad, vigilantes, el domingo, el triunfo de la Vida. Festejar la vida cotidiana, crear espacios de vida. Las sobremesas en casa junto a las chicas siempre me han parecido las comidas del Reino; sobre todo en Navidad, donde la familia se ensancha: comida para todos y todas, en una única mesa, fraternidad, mendigos, prostitutas, toxicómanos, transexuales, presos, enfermos mentales... sin etiquetas, con sus nombres propios, de todas las naciones y razas. Me recuerda el anticipo de ese festín que esperamos y anhelamos.... (Is 25,6-9) Alentar los pequeños logros: conseguir “los papeles”, el primer sueldo, poder dormir sin miedo, ponerse la dentadura, recuperar la sonrisa, conseguir un permiso carcelario, dejarse abrazar, levantarse sin “mono”, caminar sin miedo por la calle, una mirada que se ilumina, celebrar un cumpleaños... Ofrecer siempre nuevas oportunidades, al igual que hace Dios con nosotros, y entretejer relaciones de fraternidad, incondicionalidad, ternura y misericordia.

Villa Teresita me ha acercado a los grandes maestros de espiritualidad: Teresa del niño Jesús y de la Santa Faz, de ella reciben nombre nuestras casas (la centralidad del Amor; el abandono confiado en el Dios de la misericordia; la vida escondida, la importancia de lo pequeño y los pequeños); S. Juan de la Cruz (sus poesías me han acercado al Amado y alumbrado en las “noches oscuras”); S. Ignacio de Loyola (los Ejercicios Espirituales han sido una de las experiencias más fuertes de mi vida de fe, un tiempo privilegiado para el encuentro con Él, que se me regala cada año; buscar y hallar a Dios en todo; aprender el arte del discernimiento); Sta Teresa de Jesús, S. Francisco.... y también a la historia concreta de santas y santos anónimos, de mujeres y hombres buenos, que van dejando sabor de Dios a su paso. El Señor me ha dado hermanas y también hermanos. Testigos que me preceden y han avivado mi fe, que me han acompañado en el camino de la vida, desde mi abuela que me enseñó mis primera oraciones y me acercó a María, la Madre de Dios, hasta el último teólogo. La reflexión teológica y filosófica me ha ayudado a adentrarme en la vida con toda su espesura, a atravesar mis propias crisis sin tomar atajos, a no construirme sistemas de orden y seguridad que me separen del otro, y del Otro. Ha creado en mí, como si de una matriz se tratara, la posibilidad de gestar y alumbrar lo cotidiano. Con ella, bajo el calor de otros buscadores y buscadoras, me he sentido acompañada en mis planteamientos y también en el intento de abrir nuevos caminos: en la relación con los empobrecidos, la situación de la mujer dentro de la iglesia, el diálogo fe-cultura.... De su mano me he ido adentrando en el conocimiento de un Amor Crucificado, de un Dios que habita nuestra historia y nuestra carne y que a su vez es Misterio. Me es difícil imaginar cómo hubiera sido mi vocación, mi ser cristiana sin la teología recibida. La fe de otros y otras me sostiene, bebo de la fe de la Iglesia. Una Iglesia a la que amo, que me duele (a veces tan lejos de los pobres) y de la que me siento miembro agradecida.