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“Te doy gracias porque has revelado estas cosas a los pequeños “(Mt 10,21)

Me he sentido enviada a anunciar la Buena Noticia, la liberación (Lc 4, 18 y ss) y ellas y ellos me han humanizado y evangelizado. ¡Cuánto me han enseñado! Y también cuántas veces he salido a la calle, a la cárcel, al hospital.....cansada, sin fuerzas, sólo porque me sentía empujada a anunciar un mensaje que no es mío, y he vuelto renovada, fortalecida, resucitada. Recuerdo una mañana en el barrio chino de Valencia. Era temprano y tenía clase de teología, me había levantado triste, caminaba en tierras de penumbra, vislumbré por la calle, de lejos a Fernando, sucio, lleno de heridas (también yo andaba herida), venía tambaleándose, seguramente no habría dormido en toda la noche, habría estado buscándose la vida y “poniéndose” (llevaba muchos años enganchado). Fernando estaba muy desquiciado, había pasado los últimos quince años de su vida preso. Parecía que no me veía (yo estaba segura de que no me veía), de repente se acercó a mí, cogió con sus manos mi cara y me besó la frente ¡no quiero verte así!- me dijo y siguió dando tumbos por la calle.... ¡Cuántas veces Dios ha salido a mi encuentro a través de ellos! ¡Cuántas veces me han sostenido!

Da mucha alegría saber que los pequeños, los sufridos, los empobrecidos, tienen preferencia en el Reino, que las prostitutas y publicanos nos preceden (creo que vamos a tener muchas amigas y amigos allá que nos abrirán las puertas....)

He sido perdonada y salvada por pura misericordia!, no puedo más que agradecer. Sumergirse en el mundo de los empobrecidos es reconocer que no tenemos derechos adquiridos sobre nada, ni nadie. Reconocer lo recibido gratis para darlo gratis, para poner todo en juego y hacer este mundo más habitable, más humano. Nada de lo que nos parece obvio lo es para la mayor parte de las criaturas de este mundo. Estar viva y despertarme cada mañana (la esperanza media de vida en Swazilandia, un pequeño país de África minado por el Sida, es de 32,62 años.) Tener un techo, ducha caliente, comida cada día, una cama donde poder dormir tranquila sin miedo a que nadie me agreda, poder leer y escribir, recibir asistencia sanitaria cuando no me encuentro bien, tener una familia, alguien que me escuche, me espere y le importe que siga viva, alguien que me ame....

Con María de Nazaret me alegro y canto la grandeza de un Dios que se revela y se complace en los pequeños. Que hace obras grandes, aunque es de noche. Millones de hijos e hijas de Dios andan a la deriva, víctimas del hambre, las guerras, las enfermedades, la miseria.... Canto al Dios de la historia y Señor de la Vida, con la confianza de que el mal no tiene la última palabra. Espero un cielo nuevo y una tierra nueva (Ap 21) en que habite la justicia, sin muerte, ni llanto, ni gritos, ni fatiga. Y espero poniendo mi vida en juego, diciendo con temor y temblor “Aquí estoy para hacer tu voluntad”. Buscar Su Voluntad ha sido el hilo conductor durante todos estos años, intentar responder a lo que intuyo que Dios quiere de mi.