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Encarnación

Hablar desde un lugar, con el corazón lleno de nombres. Intentar no dejar a nadie fuera. Abajarme, descender para poder hacerme hermana de los últimos, los que quedan fuera, los no amados...que ellos y ellas me puedan percibir así. Dejarme acoger, abrazar, afectar por el otro, aprender y educar la mirada, la sensibilidad para no escandalizar a los pequeños. Salir a su encuentro fuera del campamento (Heb 13,12), caminar por terrenos no pisados, en la frontera, mezclarme en la calles, sentarme en una esquina a charlar en lugares donde sé que me “confunden” (sentir sobre mí, la mirada enjuiciadora y también devoradora de algunos hombres que se creen con derecho a comprarte y reducirte a objeto de placer, de consumo). Cuidar cualquier destello de vida que intenta emerger en medio del abatimiento y la oscuridad. No apagar el pábilo vacilante, ni quebrar la caña cascada. Acoger. Dejarme habitar. Compartir sus gustos, escuchar risas y llantos, historias, confidencias, pequeñas alegrías que llegan de otros lugares (hijos que crecen, que estudian, sueñan...) Acompañar. Aprender a esperar, respetar ritmos, tiempos, procesos distintos a los nuestros. Ayudar a ponerse de pie, reivindicar dignidades y derechos, denunciar, reconstruir. Confiar en que el Reino de Dios se gesta desde dentro y desde abajo y crece en lo escondido, en fragilidad y pobreza, en los pesebres de nuestras ciudades.

“El Señor me ha dado hermanas ”

Todo lo he vivido en comunidad, junto a otras compañeras que me precedieron y me acogieron en esta familia religiosa. El Instituto de Vida Consagrada “Villa Teresita” nació en 1942 en Pamplona, de la mano de una mujer, Isabel Garbayo. Ella se atrevió a entablar relaciones de amistad con mujeres prostituídas, y buscar alternativas a su situación de exclusión. Ella, al igual que Jesús, vivió la incomprensión de andar en “malas compañías”: relacionarse con ellas, estar a su lado en lugares públicos, comer en la misma mesa, compartir casa,... le llevó a caminar contracorriente, perder “amistades” y ser considerada una “idealista”, una “loca”. Su sensibilidad hacia las situaciones de injusticia y sufrimiento, el deseo de abrir cauces de liberación y su búsqueda de la voluntad de Dios hicieron brotar, contra todo pronóstico de continuidad, la primera comunidad y casa de acogida, la andadura de un grupo de mujeres consagradas a Dios y a los más pobres.

Fallece Isabel Garbayo, fundadora de VillaTeresita

La pequeña de las Garbayo, una familia acomodada de Pamplona fue ya desde su juventud una mujer inquieta y sensible, se comprometió en el servicio a los que más necesitaban (en los hospitales de campaña de la guerra, en la atención a los niños gitanos, en la escuela dominical con las chicas del servicio domestico).

MADRE

Perteneciente durante muchos años a la acción católica de la que también fue presidenta, se forjó en ella una fe profunda y un gran sentido eclesial.

Con 37 años y a pesar de todos los recelos e incomprensiones que suponía, Isabel adelantada a su tiempo, con la osadía que viene del Espíritu abre la primera casa de Villa teresita.

Sus continuas visitas a las casas públicas que había en el centro de la ciudad le hacían ir descubriendo el sufrimiento de aquellas mujeres, que le urge a comprometer su vida con ellas, siendo así cauce de liberación y rostro del Amor misericordioso de Dios para ellas. Comienza así la andadura de Villa Teresita, una pequeña asociación a la que Isabel sirvió y dirigió hasta los 71 años.

Desde entonces siguió animando y acompañando a las comunidades hasta que hace más de una década comenzó a quedarse encamada mermando poco a poco sus fuerzas físicas pero viviendo con la misma pasión que lo había hecho siempre su entrega a Dios y a las mujeres.

Años de enfermedad y silencio, de callada obediencia, como la que siempre había vivido.

Hoy damos gracias a Dios por los 106 años de fecunda vida de Isabel puestos ya en las manos de Dios y al amparo de la Virgen María a la que ella tenía gran devoción.